"Voy a tener una muerte digna o voy a ser invencible": Ignacio corre, canta, sueña y pelea a su manera contra el ELA

Ignacio Colombres corre. Ignacio canta. Ignacio fuma. Ignacio piensa. Ignacio sueña. Ignacio irradia ganas de vivir. Ignacio tiene 54 años y hace cinco dejó todo y se fue a vivir “al campo”, cómo él le dice a su casa en Tapia. Hace cinco años, a Ignacio lo diagnosticaron con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y decidió tratarse a su manera, conectándose con su cuerpo y con su mente, lejos del caos de la ciudad, del trabajo al que renunció, del ruido. Muchas veces sólo, siempre muy acompañado. Lo abraza el silencio, lo empuja su sueño de construir un refugio en alta montaña que se conecte con su casa, con la casa donde vive y sobrevive, librado a su modo una batalla contra el reloj de arena, contra su nuevo ‘yo’ que considera una versión mejorada de la que ejercía la Abogacía o trabajaba en el Tribunal de Cuentas y el Ministerio de Economía o criaba ocho hijos chicos años atrás.
“Me llamo Ignacio Colombres, tengo 54 años, soy tucumano y vivo hace cinco años en el campo, con una vida de campo. Acá estoy, recibiéndolos”, se presenta Ignacio ante eltucumano, ante los tucumanos, acompañado por su hijo Matías y su cuidadora. Es de acá, es uno de nosotros, y hace un repaso de su vida antes de salir a correr: estudió Abogacía, se especializó en Derecho Administrativo en la Universidad Austral, hizo carrera estatal y se codeó con “la plana mayor de la política”. Estuvo ahí. Se define como un cuadro técnico. Hoy reniega de haber trabajado siempre al servicio de proyectos ajenos, y por eso decidió dejar todo, parcelar el terreno de ocho hectáreas en Tapia y radicarse en “el campo”, porque “la montaña” es donde sueña con erigir un refugio para llegar a pie o a caballo, potenciar el turismo, conectarse y conectar a otros con la paz de nuestros cerros. Curarse y curar a otros.
Ignacio vuelve de correr, se sienta y habla. Lento, pausado, aprovechando las secuelas del ELA para pensar cada palabra, cada frase. Ignacio habla. “La vida de campo es más tranquila, todo sucede más lento. Hay que sincronizarse, no es tan fácil, pero se puede. Te vas alineando internamente, alineación y funcionás en sintonía con todo. Es diferente a la ciudad”, resume Ignacio sobre sus días, luchando contra su enfermedad, sin victimizarse como le gusta decir, y apelando a la solidaridad de los tucumanos y tucumanas que quieran colaborar con la construcción de un refugio en el terreno de un amigo en la inmensidad de los cerros tucumanos, donde se llega con paciencia, pisando el barro, trepando la montaña, cerca de la imponencia de los cerros, lejos de aquello lo que la voracidad del cemento todavía no pudo pervertir. Para ello necesita juntar –estima- ocho millones de pesos entre quienes quieran colaborar en el alias de su hijo, matias.colombres.
En el campo Ignacio encontró la paz: “Me levanto a las 7, tomo unos mates, fumo, me pongo a meditar un poco y construir mi día, al margen de las obligaciones que tengo. Tipo 9 salgo a correr, vuelvo, veo información en las redes que tiene que ver con crecimiento personal y desarrollo espiritual. Almuerzo, siesta, me levanto, entreno, leo y estoy desde que me levanto hasta que me acuesto en la misma sintonía de construirme de nuevo con lo que me está pasando, que no es malo y que cada día que pasa me doy cuenta que es menos malo que lo que parece”, sintetiza, con una templanza envidiable.
Cuando Ignacio habla del ELA, esa enfermedad maldita que azota su cuerpo como el de Stephen Hawking o Esteban Bullrich, reconoce que su expectativa de vida es de cinco años. “Es lo que dice el papel del médico”, explica. Pero a él ya no le importan los médicos, a pesar de que el ELA que lo consume avanzó sobre su capacidad para hablar, mover sus brazos y sus manos. Por eso hace ejercicios específicos para poder seguir corriendo y cantando, forzando y estimulando sus músculos abatidos. “Es un desafío más en mi vida, lo tomo así desde el minuto cero. Coincide con mi venida acá”, reflexiona mirando a la montaña, sentado en su silla, añorando otro cigarro, vicio que le gustaría dejar pero que no le impide correr seis kilómetros entre el verde frescor de nuestros cerros.
“El diagnóstico lo tuve recién en mayo, mis hijos me han pillado, yo vivía sólo acá, nadie sabía cómo estaba. La manejaba bien, alguna cosa veía en mi manera de hablar, fui y me dijeron. Yo ya venía encarando esto con el mismo tratamiento que tengo hoy después del diagnóstico: buena alimentación, descanso, buen entrenamiento, justo y fino, ni de más ni de menos. Si hacés de más el cuerpo se agota, si hacés de menos el cuerpo se endurece. El punto justo. Te obliga a ver mucho adentro tuyo, mirando los síntomas: cómo avanza, cómo retrocede, qué te hace bien, qué te hace mal. Es prueba y error”, explica, como si tuviera que justificar cómo elige vivir y quiere seguir viviendo.
No comparto la posición de Ignacio contra la medicina, contra los tratamientos que le recomiendan. “Su cuerpo, su decisión”, me digo. Y escucho: “Voy construyendo mi plan: Si salgo victorioso, poder manejar mi mente, poder cuidar mi cuerpo, voy a poder hacer lo que yo quiera. Si muero, es una buena muerte, he muerto intentando algo diferente. La otra que me quedaba era tomar el diagnóstico del médico, ponerme en bandeja yo y mi esperanza para que experimenten conmigo. Sin médico. Se aplica para todo. Mi línea de salud fue impecable siempre, jamás me enfermé de nada. Con el COVID no me vacuné y andaba. Siempre creí en mi salud y que uno mismo se enferma y se cura con la mente”, sentencia convencido.
“Ahí estoy, en una vida llena de desafíos nuevos y me encanta. Son muy poquitas las cosas malas de esto, hasta que aceptás la discapacidad, entendés que no tenés manos, que sos un tipo nuevo, diferente. El que era antes en algunos aspectos murió; el que soy ahora es mejor, no es peor. Cuando uno está en estos bretes en la vida, te obliga a que mostrés todo tu potencial, no me queda más nada que depender de mí y eso me encanta”, plantea Ignacio. Me quedo sin respuesta y retumba el silencio de la montaña.
Ignacio mira para atrás y recuerda que se casó dos veces, que tuvo ocho hijos, que lo apasionó y apasiona ser padre, que jugó al pato, que ganó premios de La Gaceta al deportista del año, que corrió en moto, que jugó al rugby, que siempre forjó su pasión por el canto en sus cinco discos, el último titulado ELA, que vio la luz el día después que se confirmó su diagnóstico. Cada etapa, cada instancia, le dejó amigos, un millón de amigos tiene Ignacio. “Sembré algo. Cuando uno está bien tenés a todos encima y cuando estás mal a nadie. Pero no me pasó eso a mí. Mis amigos y mi familia estuvieron y están, me abruman un poco. Éste es un camino muy solitario, la gente me ahoga a veces”, reconoce.
Todos los días, Ignacio corre y entrena. Sus entrenamientos incluyen ejercicios para la boca, para la voz, para el recital que quiere brindar para todos sus allegados, para todos los que lo quieren. Lo quiere hacer en Tapia, claro, donde se conectó con el silencio y la naturaleza, donde se está curando, y donde sueña con un refugio que le permita, en el trayecto, transmitir todo lo vivido y aprendido: “Yo fui al cerro toda mi vida, desde que tengo diez años hasta hoy, fue mi hábitat natural, me iba a cumplir con las obligaciones que dice el manual, pero mi corazón estaba acá. Hoy me encuentro con la posibilidad de armar un rancho en alta montaña, que sea mío, no depender de nadie y vincular la casa en Tapia con el rancho, llevar gente a caballo o caminando a dormir una noche y volver, y enseñar en ese contexto todo lo que estoy aprendiendo”, dice Ignacio.
En ese sentido grafica: “La parte espiritual, la simpleza, no consumo, no remedios. Lo que sabemos y aplicamos poco: en las cosas simples de la vida y la naturaleza están los sabores de la vida, no en el consumo. Vengo de ahí, tengo ocho hijos: ganaba poco, me faltaba; ganaba bien, me faltaba; ganaba mucho, me faltaba. Nos endeudamos y consumimos más de lo que ganamos, no te das cuenta y sos un esclavo del sistema, de laburar para pagar deudas, la tarjeta. A la gente le cuesta dejar de sostener en el nivel en el que se maneja, vivís para atriqui siempre”.
Sigue hablando Ignacio, sigue regalando lo que la vida le ha enseñado: “Es mi experiencia, es hoy después de venir de ahí. Esta enfermedad no me impide que labure como abogado, tengo amigos que me respetan, puedo ir y conseguir, pero quiero laburar para mí, desarrollar mis ideas. Los técnicos estamos acostumbrados a darle forma a las ideas de los demás, yo quiero darles forma a mis ideas, yo elijo esto. Antes era más revoltoso, más joda, iba tomaba, guitarreaba. Ahora es más espiritual, más profundo, de mucha más conexión que antes. Los cerros son iguales, yo cambié. Me gustaba venir acá, estar con la gente de acá, veía en el cerro algo que me encantaba; en las familias laburan todos, todos tienen su rol, su identidad, todos aportan, siempre me gustó eso, con mis hijos intenté eso”.
Ignacio hace una pausa más larga que las habituales para prender un cigarro. “No depende del tabaco, depende de mí. Ojalá deje, no es bueno”, se excusa, pero se jacta de sus seis kilómetros diarios, de balancear las manos mientras camina a buen ritmo, mientras elonga para sentirse vivo, mientras le dedica cada pensamiento a su sueño: “Trabajo todo el tiempo en mi cabeza. Siempre la vuelvo al plan. No me martirizo, aprendo, me construyo, me gusta, estoy en la mía, no estoy al pedo, estoy construyendo algo que después se ejecuta. El 98% de cualquier proyecto es preparación y el 2% es ejecución”, afirma.
Es que Ignacio quiere ayudar y siente que los ocho millones de pesos que lo separan del refugio soñado le permitirían ayudar más, sanar su alma y a la vez su cuerpo, aquello que sostiene que la medicina ya no puede hacer: “El refugio tiene que ver con mantenerme motivado y haciendo algo que me gusta. Voy a hacer turismo, ayuda comunitaria allá, podemos reactivar la elaboración de peleros, monturas que antes hacía. El problema arriba es que la gente no tiene cómo ganarse la vida. Lo más importante es recuperarme, si lo logro voy a conseguir lo que quiero. En todo este camino tengo algo adentro mío que me dice 'vas a hacer esto'. Si me curo, voy a poder ayudar a gente en otra escala. Hay un plan, eso me sirve para estar activo”.
“Cuando un proyecto está funcionando hay que encarar otro, lo que me gusta es eso. Un médico dice que no hay cura para esto, pero hay un montón de enfermedades que son generadas por uno y las debería poder resolver uno. Hay que aislarse de los problemas mundanos. Para curarse hay que cambiar de vida y empezar de vuelta. Me voy a reinsertar y ejecutar la segunda parte de mi plan, a todos nos suceden cosas, el tema es cómo lo manejás”, asegura bañado en un halo de optimismo, pero sin perder de vista el desenlace que le espera y que a fin de cuentas nos espera a todos.
Ignacio sabe que se va a morir. “Va a ser una muerte digna en busca de mis convicciones o seré invencible y ayudaré a la mayor cantidad de gente posible. Eso quiero, servir”. Ignacio sabe.
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