De tocar la gloria olímpica a robar para drogarse: la confesión más dura de Luvo Manyonga
28 de marzo de 2026
Luvo Manyonga supo estar entre los mejores del mundo en salto en largo, pero su vida fuera de la pista tomó un rumbo devastador. El ex campeón mundial y medallista olímpico sudafricano reveló que su adicción al tik, una variante de metanfetamina, lo arrastró a una espiral de consumo, delitos y violencia que casi termina con su vida. “Solo me quedaba la muerte”, resumió al recordar el punto más oscuro de su historia.
La frase no fue una exageración. En 2023, Manyonga terminó tirado en el suelo después de recibir una brutal golpiza con un bate de béisbol por parte de una patrulla comunitaria en Paarl, Sudáfrica. Había robado un teléfono para conseguir dinero y seguir alimentando su dependencia. Ese episodio, según relató, fue el límite definitivo entre seguir hundiéndose o intentar salir.
Del oro mundial al derrumbe personal
Manyonga había alcanzado la cima del atletismo con una carrera explosiva. Fue subcampeón olímpico en Río 2016, campeón mundial en Londres 2017 y dueño de una marca de 8,65 metros que en su momento fue la mejor del mundo en una década. Durante años, incluso llegó a plantearse el objetivo de convertirse en el primer hombre en superar los nueve metros en salto en largo.
Pero mientras brillaba en las grandes competencias, sostenía una batalla silenciosa fuera del estadio. Su relación con las drogas no empezó después de la fama, sino mucho antes. En 2012, con apenas 21 años, fue suspendido durante 18 meses tras dar positivo por tik. Aun así, el consumo no desapareció: seguía presente cada vez que la competencia se apagaba y el vacío volvía.
La adicción, el duelo y la caída total
El propio atleta explicó que buscaba en las drogas una sensación parecida a la que le daba el deporte. Cuando no estaba compitiendo, intentaba reemplazar esa euforia con sustancias. Ese mecanismo se agravó todavía más entre 2021 y 2023, después de la muerte de su madre, a quien describía como su sostén emocional más importante.
A partir de ahí, la caída fue todavía más abrupta. Manyonga contó que empezó a robar, arrebatar teléfonos e incluso entrar en casas. En diciembre de 2020 también había recibido una segunda suspensión, esta vez por cuatro años, por no informar su paradero en controles antidopaje. Sin competencia, sin estructura y sin contención, quedó completamente expuesto a su adicción.
El golpe que cambió todo
La agresión sufrida en 2023 terminó funcionando como un punto de quiebre. Después de esa paliza, decidió dejar Mbekweni, su barrio natal, para alejarse del entorno donde su consumo se había vuelto incontrolable. Se refugió en Eastern Cape y empezó a intentar una vida distinta, lejos de las drogas y también del circuito delictivo al que había llegado.
Ese cambio coincidió con el final de su sanción deportiva, que vencía en diciembre de 2024. De a poco, el regreso al atletismo dejó de parecer una idea lejana. Primero volvió a entrenarse solo y luego retomó una rutina más estable. Su reaparición competitiva, después de casi seis años, llegó en una reunión menor en Stellenbosch, donde registró 7,31 metros, una marca muy lejana de sus mejores tiempos, pero simbólicamente enorme para él.
El intento de volver a empezar
Con apoyo de una organización y bajo la guía de un nuevo entrenador, Manyonga se mudó a Johannesburgo y reordenó su vida alrededor del entrenamiento. Adoptó una rutina estricta de gimnasio, descanso y pista, y empezó a recuperar sensaciones. En octubre del año pasado volvió a superar los ocho metros y poco después registró un salto de 8,11, suficiente para clasificarse al Mundial Indoor en Torun, Polonia.
Ese renacer no borra lo vivido, pero sí le da otro sentido. Manyonga planteó que su historia debería servir como advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando alguien sale de la pobreza, alcanza fama y dinero de golpe, pero no cuenta con herramientas para sostener ese cambio. Nunca terminó la escuela y, según contó, nadie en su entorno estaba preparado para ayudarlo a manejar el éxito repentino.
Una confesión que excede al deporte
Su regreso al circuito también abrió un debate más amplio sobre el modo en que el deporte acompaña —o abandona— a quienes atraviesan problemas graves fuera de la competencia. En su caso, la reincidencia y el derrumbe personal no impidieron que parte del ambiente atlético le diera una nueva oportunidad. Hoy se muestra rehabilitado, con voluntad de competir otra vez y con la idea de que todavía puede volver a pelear por medallas.
La frase más dura de su relato, sin embargo, sigue siendo la más reveladora. Cuando dijo que solo le quedaba la muerte, no hablaba solo del consumo, sino del nivel de destrucción al que había llegado. Su historia ahora parece moverse en sentido contrario: de la autodestrucción a una reconstrucción incierta, pero real. Y eso, para alguien que estuvo tan cerca del abismo, ya es una forma de victoria. /Vove Tucumán






