

Cómo avanza el estudio de las urnas funerarias halladas a la vera de un camino en la localidad de Choromoro

El hallazgo, vinculado por sus características cerámicas con el estilo Candelaria y con la comunidad de Chuschagasta, motivó un operativo de rescate arqueológico a cargo de especialistas del Instituto de Arqueología y Museo.
Las arqueólogas María José Barazzutti y Tamara Taddei quedaron al frente de la excavación, que presentó una dificultad adicional: cuando lograron descubrir prácticamente toda la urna comprobaron que había sido intervenida previamente por personas desconocidas. Pese a que en los alrededores aparecieron fragmentos de restos óseos humanos, dentro del recipiente no encontraron huesos ni otros objetos.
Las investigadoras explicaron que se trató de un “hallazgo fortuito”, denominación utilizada para los descubrimientos que se producen fuera de una investigación arqueológica planificada. En este caso, las precipitaciones y los trabajos que se realizaban junto al camino hicieron que quedara visible la boca de la urna.
Taddei señaló que la aparición de restos arqueológicos durante la temporada de lluvias es relativamente frecuente. Una vez advertido el descubrimiento, las personas que estaban en el lugar se comunicaron con integrantes de la Facultad de Ciencias Naturales, desde donde les indicaron que debían dar intervención al área de Patrimonio de la Provincia, dependiente del Ente Cultural.
El organismo provincial se contactó posteriormente con el Instituto de Arqueología y Museo, que cuenta con un área específicamente destinada al rescate arqueológico y coordinada por Barazzutti y Taddei.
La intervención debió organizarse con rapidez. Las especialistas recibieron el aviso un jueves y dos días después ya estaban trabajando en Choromoro. A diferencia de una excavación programada, un rescate de estas características obliga a tomar decisiones sobre el terreno y en función de las condiciones en las que aparecen los materiales.
Las dimensiones de la urna sorprendieron incluso a las arqueólogas. Para completar el trabajo tuvieron que excavar hasta alcanzar aproximadamente 1,85 metros de profundidad.
Barazzutti destacó que el rescate pudo concretarse gracias a la participación conjunta de diferentes instituciones y de la población local. Reconoció especialmente la colaboración de los vecinos, la familia Ruiz y la comunidad de Chuschagasta, que acompañaron el trabajo de campo, además del Ente Cultural, la Dirección de Patrimonio, la Facultad y el Instituto de Arqueología.
Durante la excavación se determinó que se trataba de una urna de carácter funerario. En sectores próximos también aparecieron fragmentos de restos óseos humanos, un dato que reforzó la necesidad de aplicar los protocolos específicos para este tipo de contextos.
Sin embargo, al avanzar sobre la pieza, las especialistas comprobaron que alguien había llegado antes que ellas y había intervenido su interior. Por esa razón, no encontraron allí restos óseos ni otros materiales que pudieran haber formado parte originalmente del contexto funerario.
Taddei remarcó que se desconoce quién realizó esa intervención y cuáles fueron sus motivaciones. Aunque recordó que existe un mercado negro de bienes arqueológicos y que la extracción de este tipo de elementos es ilegal, también señaló que no puede descartarse que alguna persona haya manipulado el hallazgo creyendo que de esa manera lo protegía.
La alteración previa no elimina el valor arqueológico de la urna. Las investigadoras continuaron con su recuperación siguiendo procedimientos destinados a documentar la posición de los materiales, los sectores donde fueron encontrados y las características del contexto.
La pieza se fragmentó durante el proceso y ahora deberá ser remontada. Antes de decidir su destino, las arqueólogas consultaron a la comunidad de Chuschagasta y plantearon dos posibilidades: entregar la urna una vez recuperada para que fuera resguardada localmente o trasladarla a San Miguel de Tucumán para estudiarla.
La comunidad optó por la segunda alternativa. Una vez reconstruida, la urna será sometida a estudios de gabinete y posteriormente los investigadores devolverán a la comunidad la información obtenida. Previamente deberán completarse los registros realizados durante la excavación y establecerse cuándo comenzarán los diferentes análisis.
Por sus características, Barazzutti consideró que la cerámica puede asociarse al estilo Candelaria. Esa estimación permite ubicar inicialmente su antigüedad entre los 1.000 y 1.500 años, aunque la especialista señaló que ese rango podría extenderse.
El trabajo científico no se limitará a la estructura de la urna. También serán analizados los sedimentos recuperados con el objetivo de buscar microrrestos y microfósiles. Esos estudios podrían aportar indicios sobre el contenido que tuvo el recipiente, como posibles líquidos o bebidas, además de semillas y otros restos vegetales.
Las arqueólogas aprovecharon el descubrimiento para insistir sobre cómo debe actuar una persona ante la aparición accidental de materiales arqueológicos. Barazzutti explicó que debe informarse a la comunidad correspondiente y a los organismos provinciales responsables del patrimonio.
Hasta que intervengan especialistas, las piezas no deben tocarse, extraerse ni excavarse. La recomendación es alterar el lugar lo menos posible y protegerlo de manera preventiva, ya que modificar la posición de los objetos puede hacer desaparecer información indispensable para interpretar su contexto.
Taddei recordó además que estos materiales se encuentran protegidos por legislación provincial y nacional destinada a preservar el patrimonio arqueológico, cultural y paleontológico.
Los hallazgos fortuitos no son excepcionales en Tucumán y pueden producirse en diferentes sectores de la provincia. Las especialistas diferenciaron estos casos de las excavaciones previamente programadas dentro de proyectos científicos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) o de actividades académicas correspondientes a la carrera de Arqueología.
Mientras una investigación planificada permite preparar con anticipación los procedimientos, los recursos y los objetivos, un rescate obliga a los arqueólogos a llegar rápidamente al sitio, evaluar el contexto y adaptar las decisiones a medida que avanza la excavación.
Para Barazzutti y Taddei, difundir este tipo de descubrimientos también forma parte de la preservación. El hallazgo de Choromoro no sólo permitirá estudiar una pieza arqueológica de considerable antigüedad, sino que vuelve a poner en primer plano la necesidad de proteger un patrimonio que pertenece a las comunidades vinculadas con esos bienes y, en un sentido más amplio, al conjunto de los tucumanos. /Contexto






