

Cómo vivían los tucumanos en Ibatín, el primer asentamiento de nuestra ciudad, creado el 31 de mayo de 1565
10 de octubre de 2026
Ibatín (Pueblo Viejo, Sitio Viejo o Tucumán Viejo) es el nombre del primer asiento de la ciudad de San Miguel de Tucumán, llamada en su acta fundacional: San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión, fundada por el capitán Diego de Villarroel, el 31 de mayo de 1565, en un lugar ya denominado "Campos de Ibatín", ubicado originalmente un cuarto de legua al sur del "río de la Quebrada del Calchaquí", posteriormente llamado "río del Tejar" y actualmente "río Pueblo Viejo" en la salida sureste de la Quebrada del Portugués.
Ibatín o Ebatín deriva de la voz tonocoté eatym (chacra o sementera de maíz, según el Tonocoté de Machoni). Tierra labrada, para los indígenas. Y para los españoles tierra de panllevar, tierra próspera, o sea: tierra de promisión.
La ubicación fue parte de la estrategia militar diseñada por el veterano conquistador Francisco de Aguirre, con exhaustivo conocimiento del terreno. Estaba en el corazón de la extensa Gobernación del Tucumán, en el lugar justo donde el camino desde Lima hasta el Río de la Plata abandonaba la montaña para introducirse en la llanura.
Era el mismo paraje donde antes habían estado El Barco I de Núñez del Prado y Cañete de Pérez de Zurita, sin que esta afirmación signifique que las tres ciudades estuvieran exactamente en el mismo lugar. Estaban ubicadas cerca del pie de la cuesta que se usaba para bajar desde el valle del Tafí, que a su vez era el camino hacia los Valles Calchaquíes; es decir, formaba parte de una de las rutas posibles desde el Alto Perú.
Esa cuesta, llamada inicialmente "Quebrada del Calchaquí" y posteriormente "Quebrada del Portugués", baja de El Mollar directamente hacia el sur; era la ruta usada por los diaguitas —y quizá los incas— para bajar de los Valles Calchaquíes a la selva, para aprovisionarse de carne y madera. Fue posteriormente abandonada, y ahora se accede a Tafí del Valle por la quebrada del río de los Sosa, mucho más al norte, y más adecuada para comunicarse con la actual ubicación de San Miguel de Tucumán.
La Gobernación de Tucumán, Juríes y Diaguitas fue creada por real cédula de Felipe II, el 29 de agosto de 1563, estando sometida al virrey de Perú en asuntos de gobierno y a la Audiencia de Charcas en cuestiones de justicia. El conde de Nieva, a la sazón virrey del Perú, designó gobernador de la misma a Francisco de Aguirre. Este encomendó a Villarroel, en provisión del 10 de mayo de 1565, instalar un pueblo "en el campo que llama en lengua de los naturales Ibatín, ribera del río que sale de la quebrada".
En 1582, vivían en la ciudad, según Sotelo de Narváez, unos veinticinco vecinos encomenderos y tres mil indios de servicio de los Diaguitas, Tonocotés y Lules.
En 1607, según la relación de Alonso de Rivera, los vecinos españoles casados eran treinta y dos, con unos mil cien indios en paz, repartidos entre ellos; algunos mercaderes y criollos sueltos, pobres y holgazanes y muchos mestizos de ’la misma calidad’.
En 1618 vivían en la zona doce mil almas, según carta de Diego de Torres, Provincial de la Compañía de Jesús. En 1671 los indios encomendados llegaban sólo a dos mil.
Después de la gran inundación de 1678, se realizó un cabildo abierto para intentar remediar la dramática situación. Surgieron allí dos iniciativas: una, que postulaba limpiar el cauce del río para evitar futuros desbordes y la otra, más radical, que obtuvo mayoría de votos y proponía directamente abandonar la ubicación actual y trasladarse a un sitio más septentrional, a 64 kilómetros de distancia, conocido como La Toma, donde se había formado un asentamiento espontáneo de tratantes y mercaderes que se dirigían al Perú, pues por allí pasaba el Camino Real.
En 1685, durante el gobierno de Fernando Mate de Luna, fue trasladada a ese lugar, que es su ubicación actual. Las causas de la mudanza fueron además de las mencionadas, el ambiente entonces poco salubre, las enfermedades provocadas por la calidad del agua (era endémico el hipotiroidismo por déficit de yodo, que provocaba la hipertrofia de la glándula tiroides, vulgarmente conocida como bocio o ’coto’) y los mosquitos, que trajeron las fiebres palúdicas. Ello marcó la decadencia de la ciudad y movió al vecindario a gestionar el traslado, que ocurrió tras largo y discutido trámite.






