

A cien años del nacimiento de César Pelli, el genial arquitecto tucumano que dejó huellas por todo el mundo
Hay una manera de recorrer el mundo siguiendo la huella de un tucumano. El viaje puede empezar frente a las Torres Petronas, en Kuala Lumpur; continuar entre los antiguos muelles de Londres; detenerse ante la cordillera de los Andes, en Santiago de Chile, y terminar en Nueva York.

En esas ciudades, tan distintas en su historia, su clima y sus habitantes, aparece un mismo nombre: César Pelli. A cien años de su nacimiento, su obra permite contar una historia extraordinaria de imaginación, estudio, emigración y perseverancia.
Nació en San Miguel de Tucumán el 12 de octubre de 1926. Esa fecha, registrada en la biografía del estudio que fundó, convierte este 12 de octubre de 2026 en el centenario de un arquitecto cuya trayectoria adquirió una dimensión excepcional. Fue autor de torres, museos, terminales, teatros y conjuntos urbanos; también fue docente y conductor de equipos. Su nombre quedó asociado a algunas de las construcciones más reconocibles del final del siglo XX y del comienzo del XXI.
La expresión “señor de los rascacielos” explica una parte de su popularidad. Sin embargo, una mirada completa necesita bajar hasta la vereda, entrar en los vestíbulos y observar qué ocurre entre los edificios. Allí aparece otra constante de su trabajo: la búsqueda de una relación entre la arquitectura y la vida de la ciudad. Las alturas le dieron fama; los recorridos, las plazas, la luz y los espacios de encuentro permiten comprender mejor lo que quiso hacer con ella.
Antes de las torres y de los grandes encargos hubo una casa donde los libros tenían una presencia decisiva. En sus recuerdos de infancia, Pelli destacó especialmente a su madre, Teresa, una educadora que alentaba la lectura y el aprendizaje. Su padre había trabajado en la administración municipal y atravesó las dificultades económicas de los años de la Gran Depresión. El futuro arquitecto creció en un ambiente donde la curiosidad intelectual convivía con las limitaciones materiales y con la necesidad de encontrar nuevas formas de sostener a la familia.
En una entrevista de 2014 recordó que una biblioteca cercana a su casa le permitió leer con asiduidad. Su madre lo estimulaba a buscar textos exigentes, incluso por encima de lo que pedía la escuela. Esa educación dejó una marca que ayuda a entender al profesional posterior: alguien dispuesto a estudiar problemas nuevos, a escuchar a otras disciplinas y a considerar el conocimiento como una tarea permanente. En la historia de Pelli, la biblioteca del barrio tiene un lugar anterior al estudio internacional y a los reconocimientos.
Su interés por dibujar apareció temprano. En una evocación de su infancia publicada en 2005 recordó construcciones imaginarias, puentes y torres. Es tentador buscar en esos dibujos el anuncio de las Petronas, aunque una biografía merece algo más que un destino escrito desde la niñez. Entre aquella curiosidad y los edificios que llegaron después hubo una formación rigurosa, oportunidades aprovechadas y décadas de trabajo. La imaginación fue el punto de partida de un oficio que exigía aprender a convertir una idea en un lugar habitable.
La Universidad Nacional de Tucumán fue el comienzo de esa formación profesional. La Fundación Konex sitúa su graduación en 1950. Su paso por la universidad pública constituye un capítulo central de su historia: allí adquirió las herramientas iniciales de una carrera que más tarde continuaría en Estados Unidos. Recordarlo desde Tucumán supone también reconocer esa trama educativa. Detrás del nombre que alcanzó proyección internacional hubo aulas, profesores, compañeros, ejercicios de proyecto y una institución del norte argentino capaz de formar a un arquitecto de alcance mundial.
Entre sus maestros estuvieron Eduardo Sacriste, Horacio Caminos y Jorge Vivanco, protagonistas de una renovación de la enseñanza que Pelli recordaría durante toda su vida. En una entrevista de 2015 explicó que al comienzo de la carrera predominaban los ejercicios inspirados en la tradición académica francesa. Se dibujaban templos, palacios y otros modelos clásicos. La llegada de aquellos profesores cambió el horizonte de los alumnos: comenzaron a trabajar sobre paradas de ómnibus, dispensarios y viviendas para trabajadores rurales.
Uno de sus recuerdos más precisos tenía como protagonista a Sacriste. El profesor le encargó estudiar y dibujar la casa Jacobs, de Frank Lloyd Wright. Para el joven Pelli, ese ejercicio abrió una puerta hacia la arquitectura moderna y hacia problemas que reconocía como próximos. La enseñanza adquiría sentido al relacionar el proyecto con necesidades concretas. En aquel ambiente tucumano empezó a formarse una manera de pensar que luego se enfrentaría a encargos de dimensiones extraordinarias.
Otra evocación, recogida en una conversación de 2015 para el libro Los primeros de nosotros, recupera los ejercicios intensivos de proyecto: disponían de unas doce horas para concebir una idea, resolverla y presentarla. Los trabajos se colgaban y recibían comentarios de varios profesores. Pelli recordaba con entusiasmo esa práctica y la rapidez de pensamiento que desarrollaba. Detrás del arquitecto capaz de conducir grandes equipos aparece así el estudiante que aprendía a dibujar, a decidir y a someter sus ideas a la mirada de otros.
En 1952 partió hacia Estados Unidos con una beca para estudiar en la Universidad de Illinois. Lo acompañó Diana Balmori, su esposa y una figura fundamental en su vida. El viaje había sido concebido como una etapa de formación. En 1954 obtuvo su maestría en Arquitectura. A partir de entonces se abrieron oportunidades laborales que prolongaron la estadía y terminaron por convertir al país de destino en la base de su carrera.
Diana merece un lugar propio en este relato. Nacida en Gijón, España, en 1932, se había formado también en el ambiente universitario tucumano. Más adelante obtuvo un doctorado en Historia Urbana en la Universidad de California en Los Ángeles y construyó una trayectoria internacional en el diseño del paisaje. La Cultural Landscape Foundation destaca su trabajo en la relación entre ciudad, naturaleza y espacio público. Sus proyectos e investigaciones ampliaron la conversación sobre lo que un paisaje urbano podía ofrecer a sus habitantes.
Balmori desarrolló una práctica profesional propia y participó en proyectos que vincularon arquitectura y paisaje. Murió en 2016. Su presencia permite comprender una parte del ambiente intelectual que rodeó a Pelli: la discusión sobre los edificios convivía con preguntas acerca del terreno, las plantas, el agua y los recorridos. Contar esta historia exige reconocer las carreras de ambos y evitar que la celebridad de uno vuelva invisible la contribución de la otra.
La familia tuvo dos hijos, Denis y Rafael. Este último siguió el camino de la arquitectura y se incorporó al estudio. Con el tiempo, el apellido empezó a designar también una continuidad profesional entre generaciones. En las grandes oficinas, esa continuidad importa: un proyecto puede atravesar concursos, cambios de programa y años de construcción. La obra terminada suele contener el trabajo de muchas personas y de momentos distintos, aunque la memoria pública prefiera resumirla en una sola firma.
Después de Illinois llegó una experiencia decisiva: el trabajo con Eero Saarinen, uno de los arquitectos más influyentes de su tiempo. Pelli pasó una década en su oficina de Michigan. Allí participó en proyectos como la terminal de TWA del aeropuerto John F. Kennedy y los colegios Morse y Ezra Stiles de Yale. Son trabajos pertenecientes a la trayectoria de Saarinen, en los que el tucumano colaboró y aprendió. Esa distinción permite apreciar con precisión su formación dentro de un equipo de enorme capacidad creativa.
La terminal de TWA mostraba que un edificio podía expresar movimiento, transformar una experiencia de viaje y adquirir una presencia escultórica. El trabajo en aquel estudio enfrentó a Pelli con programas complejos y con la necesidad de desarrollar una respuesta específica para cada encargo. La experiencia ayuda a entender la variedad de su producción posterior: una torre de oficinas, una sala de conciertos y un museo requerían investigaciones diferentes, aunque compartieran la exigencia de dar forma a la vida colectiva.
En los años sesenta se trasladó a California. Fue director de diseño de Daniel, Mann, Johnson & Mendenhall y después socio de diseño de Gruen Associates. Esas etapas le permitieron asumir responsabilidades mayores y trabajar con programas de gran escala. Su carrera independiente se construyó sobre ese largo aprendizaje: cuando fundó su propia oficina ya había pasado por distintos equipos, contextos y formas de organización. La figura pública del arquitecto célebre llegó después de muchos años de práctica profesional.
Uno de los hitos de aquel período fue el Pacific Design Center, en West Hollywood. Su primer edificio, inaugurado en 1975, se hizo conocido como la “ballena azul”: un gran volumen de vidrio coloreado que adquirió una presencia inconfundible en el paisaje urbano. El conjunto crecería con un edificio verde en 1988 y otro rojo en 2012. La secuencia permite ver una investigación sostenida sobre el color y sobre la capacidad del vidrio para producir una identidad reconocible.
Pacific Design Center, en West Hollywood. Sus volúmenes azul, verde y rojo se construyeron en distintas etapas. Foto: Blervis / Wikimedia Commons, CC0.
El complejo combinó actividades vinculadas al diseño con espacios de exposición, comercio y encuentro. Entre sus edificios aparecieron plazas, fuentes y áreas arboladas. En esa relación entre objetos muy visibles y espacios compartidos puede leerse una preocupación que reaparecería en otras obras de Pelli. La superficie exterior atrae la mirada; el conjunto necesita, además, organizar movimientos y ofrecer lugares donde la gente pueda detenerse. El edificio se convierte así en parte de una experiencia urbana más amplia.
En 1977 se produjo otro giro fundamental: Pelli fundó su estudio junto con Fred Clarke y Diana Balmori y asumió como decano de la Escuela de Arquitectura de Yale. Permaneció al frente de la institución hasta 1984. La coincidencia de ambas responsabilidades resulta reveladora: mientras organizaba una oficina destinada a intervenir en grandes ciudades, participaba en la formación de quienes trabajarían sobre las ciudades del futuro.
Según el balance institucional de Yale, su gestión alentó la pluralidad de enfoques, revitalizó la revista estudiantil Perspecta, creó el anuario Retrospecta y fortaleció las exposiciones de arquitectura. Más adelante estableció una beca para estudiantes y dotó una cátedra de arquitectura del paisaje en homenaje a Balmori. Ese legado académico incorpora una medida diferente del éxito: la posibilidad de que otras personas aprendan, encuentren oportunidades y desarrollen una voz propia.
La consolidación de su estudio estuvo vinculada también con la ampliación del Museo de Arte Moderno de Nueva York. La intervención de 1984 duplicó el espacio de galerías, según la historia institucional del MoMA. El encargo incorporó además una torre residencial y obligó a relacionar usos diferentes en un sector intensamente construido de Manhattan. Conviene precisar el alcance: Pelli proyectó una ampliación decisiva dentro de una institución que tuvo distintas sedes e intervenciones a lo largo de su historia.
En una ciudad como Nueva York, intervenir supone negociar con lo que ya existe: parcelas, calles, edificios vecinos, actividades y expectativas. La ampliación del museo muestra otra faceta de su carrera, asociada a las instituciones culturales y a los problemas de insertar un programa nuevo dentro de una trama consolidada. La arquitectura trabaja entonces con límites concretos. Su calidad depende tanto de una imagen memorable como de la manera en que resuelve esas relaciones.
El antiguo World Financial Center, hoy Brookfield Place, amplió su presencia en Manhattan. El conjunto original, terminado en 1988 junto al Hudson, reunió edificios de oficinas con un espacio que se volvió especialmente reconocible: el Winter Garden. Su gran estructura de vidrio, las escalinatas y las palmeras hicieron del interior un ámbito singular, capaz de conectar las actividades del complejo con el paseo junto al río.
El Winter Garden de Nueva York: luz natural, palmeras y un gran espacio de encuentro dentro del conjunto hoy llamado Brookfield Place. Foto: Jonathan71 / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
Ese jardín cubierto permite mirar su arquitectura desde una escala cercana. Allí importan la sombra de las hojas, la amplitud del recinto y la posibilidad de atravesarlo o permanecer. El lugar alberga actividades culturales y funciona como parte de la vida pública del conjunto. En una obra asociada al mundo financiero, ese espacio introduce otros usos y otros tiempos. Su presencia ayuda a explicar por qué el legado de Pelli excede la silueta que los edificios dibujan a la distancia.
Al otro lado del Atlántico, One Canada Square se convirtió en un emblema de la transformación de los antiguos muelles de Londres. Terminada en 1991, la torre de 235 metros es reconocible por su remate piramidal. Su presencia quedó ligada al desarrollo de Canary Wharf como distrito de oficinas y actividades financieras. El edificio ofrece una referencia visual clara dentro de un paisaje urbano que cambió profundamente durante las últimas décadas del siglo XX.
One Canada Square, en Londres. Su pirámide metálica identifica uno de los edificios centrales de Canary Wharf. Foto: Fred Romero / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.
El trabajo incluyó relaciones con el sistema de transporte y con espacios comerciales y peatonales. Esa condición resulta decisiva en una torre que concentra diariamente a miles de personas. Llegar, circular, encontrar una salida y conectarse con la ciudad son problemas arquitectónicos tan concretos como resolver una fachada. En Londres, la obra de Pelli participó de una transformación territorial de gran alcance y quedó incorporada a la imagen de un nuevo sector de la capital británica.
En Malasia llegó el proyecto que lo convirtió en un nombre familiar para un público mucho más amplio. Las Torres Petronas tienen 88 pisos y alcanzan los 452 metros. Entre 1998 y 2004 ostentaron el título de edificios más altos del mundo, hasta que fueron superadas por Taipei 101. El registro de la ingeniería del conjunto, elaborado por Thornton Tomasetti, permite dimensionar la complejidad de una construcción que combinó ambición urbana, exigencia técnica y una imagen destinada a representar a Kuala Lumpur.
El proyecto tomó como referencia geometrías asociadas a la tradición islámica. La planta parte de una estrella de ocho puntas y se desarrolla mediante una composición que incorpora curvas y salientes. El estudio explica esa decisión como una búsqueda de vínculo con la cultura local. Así, las Petronas adquirieron una identidad que puede reconocerse incluso en una fotografía parcial: dos cuerpos esbeltos, una sucesión de niveles y dos remates que prolongan su impulso vertical.
El acero inoxidable y el vidrio multiplican los reflejos y modifican la apariencia de las torres con la luz. De noche, la iluminación acentúa sus perfiles y convierte la pareja en una referencia visible desde distintos puntos de la ciudad. La descripción oficial del conjunto también destaca la incorporación de motivos vinculados con las artes y las tradiciones de Malasia. La identidad del proyecto se construyó mediante esas decisiones acumuladas, desde la geometría general hasta las superficies y los detalles.
El puente que une los pisos 41 y 42 agrega una de sus características más famosas. Con unos 58 metros de longitud, fue resuelto para permitir los movimientos independientes de las torres. Esa necesidad recuerda que un rascacielos debe responder al viento, a las deformaciones y a exigencias de seguridad que rara vez aparecen en la postal. Arquitectos, ingenieros, constructores y especialistas hicieron posible el conjunto. En esa obra, la idea de Pelli encontró su realización a través de una extraordinaria coordinación de conocimientos.
Hong Kong sumó otra imagen poderosa con el Two International Finance Centre. La torre, de unos 420 metros y 88 pisos, se eleva frente al puerto Victoria. Su forma se estrecha hacia la parte superior y culmina en una corona abierta. Dentro de una ciudad caracterizada por la densidad y la superposición de infraestructuras, el edificio forma parte de un complejo que vincula oficinas, comercio y conexiones de transporte.
Two International Finance Centre, en Hong Kong: una de las grandes torres asiáticas del estudio. Foto: Best Hongkong Photos / Wikimedia Commons, CC0.
Vista junto a las Petronas, esta obra permite advertir diferencias dentro de un mismo tipo de edificio. Kuala Lumpur se reconoce en la pareja y en su puente; Hong Kong, en un volumen único que se afina al ascender. La comparación ayuda a evitar una lectura demasiado uniforme de su carrera. Las torres comparten problemas técnicos y económicos, pero sus proporciones, sus remates y sus vínculos con el entorno producen experiencias distintas.
En Japón, el Museo Nacional de Arte de Osaka ofrece una variación sorprendente. La mayor parte del programa se desarrolla bajo tierra. Sobre la superficie aparece una estructura de acero y vidrio cuya forma evoca el crecimiento del bambú. El museo explica esa imagen como una alusión a la vitalidad del arte contemporáneo. El acceso anuncia un mundo subterráneo mediante una presencia ligera y escultórica, muy diferente de la contundencia de sus edificios corporativos.
Museo Nacional de Arte de Osaka. La estructura exterior evoca el bambú; las salas se desarrollan principalmente bajo tierra. Foto: 663highland / Wikimedia Commons, CC BY 2.5.
El edificio cuenta con tres niveles subterráneos y uno sobre el suelo. La luz natural participa de la experiencia de acceso, mientras que las galerías ocupan los niveles inferiores. Aquí, la pregunta central cambia: cómo hacer visible una institución cultural cuyo espacio principal permanece oculto. La respuesta muestra la amplitud de recursos de Pelli y permite comprender por qué su trayectoria necesita incluir museos y equipamientos culturales, además de las torres que lo hicieron célebre.
España reúne varias obras que muestran esa capacidad de interpretar encargos y paisajes diferentes. En Madrid, la Torre de Cristal alcanza aproximadamente 249 metros en el conjunto de grandes edificios del norte de la Castellana. Sus planos de vidrio y su coronamiento facetado producen una silueta que varía según el punto de observación. El proyecto se desarrolló con la participación de Ortiz y León. La documentación técnica de la construcción destaca la relación entre sus sistemas estructurales y una envolvente concebida para definir su imagen.
Torre de Cristal, en Madrid. Las caras de vidrio y el remate facetado definen su perfil. Foto: Carlos Delgado / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
El nombre del edificio ayuda a describir su efecto visual: una pieza cuya apariencia depende de los reflejos del cielo y de las aristas. En una torre de estas dimensiones, la fachada debe funcionar a dos escalas. Desde lejos construye una figura reconocible; desde cerca se convierte en una sucesión de módulos, uniones y superficies. Esa relación entre la percepción distante y el detalle próximo atraviesa una parte importante de la arquitectura de Pelli.
En Bilbao, la Torre Iberdrola, de 165 metros y 41 plantas, añadió una nueva referencia al área de Abandoibarra. Fue inaugurada oficialmente el 21 de febrero de 2012. Según la información institucional de Iberdrola, obtuvo la certificación LEED Platino en 2013. Su perfil curvo y su fachada de vidrio participaron en la transformación de un sector que pasó de los usos industriales a una combinación de actividades culturales, empresariales y de espacio público.
La Torre Iberdrola, en Bilbao, se integra en la transformación urbana de Abandoibarra. Foto: Jesusgela / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
La experiencia bilbaína permite observar cómo un edificio actúa dentro de un proceso urbano compartido con muchas otras intervenciones. Su significado depende también de los paseos, los parques y las instituciones que lo rodean. Una torre puede convertirse en referencia de orientación y, al mismo tiempo, formar parte de un paisaje colectivo. Esa doble condición aparece con frecuencia en los grandes proyectos de su estudio.
Más al sur, la Torre Sevilla llevó su arquitectura a la Isla de la Cartuja. El proyecto combina una torre de unos 180 metros con un conjunto comercial y espacios abiertos. Su planta elíptica y los tonos cobrizos de la envolvente le dan una presencia propia. En los edificios bajos, el estudio trabajó con recorridos y recursos de sombra, una cuestión especialmente relevante para el clima de la ciudad.
Torre Sevilla. El conjunto combina un edificio de gran altura con áreas comerciales y recorridos peatonales. Foto: CarlosVdeHabsburgo / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
La comparación entre Madrid, Bilbao y Sevilla muestra tres maneras de trabajar sobre el perfil de una ciudad española. Cambian las proporciones, las geometrías y la relación con el suelo. También cambia el fondo contra el cual se recortan los edificios. Esa diversidad obliga a mirar cada obra dentro de su entorno y evita reducir una trayectoria internacional a un catálogo de alturas.
En Milán, el conjunto de Porta Nuova Garibaldi y la sede de UniCredit incorporó otro modo de organizar la vida urbana. Los edificios curvos acompañan la Piazza Gae Aulenti, una plaza elevada conectada con recorridos peatonales y con la infraestructura del sector de Garibaldi. La aguja de la torre principal se convirtió en una referencia del nuevo paisaje milanés. El proyecto del estudio forma parte de una transformación más extensa, realizada por distintos equipos.
Milán: la histórica Porta Garibaldi y, al fondo, la torre UniCredit, parte del conjunto diseñado por el estudio de Pelli. Foto: Kiski-BoB / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
La plaza permite interpretar el conjunto desde el movimiento de las personas. Las fachadas curvas ayudan a definir un recinto, mientras las conexiones lo vinculan con otros sectores de la ciudad. Aquí, la torre funciona como señal distante de un lugar que se experimenta caminando. La relación entre una marca en el horizonte y una secuencia de espacios próximos vuelve a aparecer como un tema central de su producción.
En América del Sur, la Gran Torre Santiago representa uno de sus hitos más conocidos. Con 300 metros de altura, el edificio del conjunto Costanera Center es el rascacielos más alto de Sudamérica. Su figura se levanta en Providencia, cerca del río Mapocho, y encuentra en los Andes un fondo imposible de ignorar. La torre se afina hacia arriba y culmina en una corona abierta que refuerza su verticalidad.
Gran Torre Santiago: 300 metros de altura en la capital chilena. Foto: Carlos Figueroa Rojas / Wikimedia Chile, CC BY-SA 4.0.
El estudio subraya la importancia del paisaje montañoso en la concepción del proyecto. Desde el mirador, la ciudad puede leerse en relación con la cordillera y con la extensión del valle. En este caso, subir transforma la experiencia del territorio. La obra también exigió respuestas de ingeniería acordes con el contexto sísmico chileno. La imagen final reúne esas dos dimensiones: la aspiración de construir un hito y la necesidad de resolver condiciones físicas muy precisas.
La música y las artes escénicas ocupan otro lugar importante en su recorrido. El Adrienne Arsht Center de Miami, inaugurado en 2006, distribuye sus principales salas a ambos lados de Biscayne Boulevard. El complejo incluye el Ziff Ballet Opera House y el Knight Concert Hall. Sus volúmenes claros y sus superficies vidriadas organizan una presencia institucional reconocible, mientras la plaza relaciona las distintas partes del conjunto.
Knight Concert Hall, una de las salas del Adrienne Arsht Center de Miami. Foto: Jorfer / Wikimedia Commons, dominio público.
El proyecto preservó una antigua torre de Sears de 1929, incorporando una pieza de la memoria del lugar. La decisión permite apreciar un trabajo atento a la coexistencia de tiempos diferentes. En un centro de espectáculos, además, la arquitectura organiza una experiencia que comienza antes de que se levante el telón: la llegada, la espera, el encuentro con otros espectadores y el paso hacia la sala forman parte del programa.
Algo semejante sucede, con otras exigencias, en la terminal norte del aeropuerto Ronald Reagan, que sirve a Washington y se encuentra en Arlington, Virginia. Inaugurada en 1997, la intervención emplea bóvedas, luz natural y una estructura de tonos cálidos para organizar los espacios de circulación. El objetivo de facilitar la orientación adquiere allí una relevancia especial: un aeropuerto reúne pasajeros que llegan con distintos idiomas, tiempos disponibles y niveles de familiaridad con el lugar.
Interior del aeropuerto Ronald Reagan. La luz y la repetición de las bóvedas ayudan a organizar la experiencia de los pasajeros. Foto: RightCowLeftCoast / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Las conexiones con el transporte público y la incorporación de obras de arte ampliaron el alcance de la intervención. En una terminal, un espacio comprensible puede aliviar la incertidumbre del viaje. Esta obra muestra una arquitectura ocupada en cuestiones cotidianas: encontrar una puerta, reconocer una dirección, percibir la luz exterior. Son problemas menos fotogénicos que un récord de altura, pero afectan de manera directa a quienes usan el edificio.
En San Francisco, la Salesforce Tower, de 326 metros, y el Salesforce Transit Center expresan la escala alcanzada por el estudio en su etapa más reciente. Ambos abrieron en 2018. La torre, de esquinas redondeadas y remate curvo, incorporó una nueva referencia al perfil de la ciudad. Su conexión con el centro de transporte permite considerar el conjunto como una intervención donde oficinas, movilidad y espacio público se relacionan de manera directa.
Salesforce Tower, en San Francisco, vista desde el parque elevado del centro de transporte. Foto: Dawn Endico / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
El Transit Center propuso una operación especialmente ambiciosa: colocar sobre la infraestructura un parque de aproximadamente 2,2 hectáreas. El paisaje fue desarrollado con PWP Landscape Architecture. Senderos, áreas de descanso y vegetación ocupan la cubierta del edificio, mientras debajo funcionan instalaciones de transporte. El resultado combina actividades que suelen imaginarse separadas y permite recuperar una superficie para el uso colectivo dentro de un sector densamente construido.
El El parque sobre el Salesforce Transit Center fue desarrollado con PWP Landscape Architecture. Foto: Dawn Endico / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
La envolvente perforada y los espacios de entrada iluminados desde arriba completan una experiencia que busca dar identidad a una gran pieza de infraestructura. El proyecto también contempló futuras conexiones ferroviarias; esas previsiones forman parte de su concepción y deben distinguirse de los servicios efectivamente habilitados. En una obra de esta escala, el edificio terminado y el sistema de movilidad que se desarrolla a su alrededor tienen calendarios diferentes.
La Argentina también forma parte de ese mapa. En Buenos Aires, el Edificio República, terminado en 1996, fue proyectado con Mario Roberto Álvarez. Su forma responde a la particular relación entre la avenida Madero, la calle Bouchard y la plaza Roma. El edificio demuestra cómo una torre de oficinas puede encontrar su carácter en las condiciones concretas de una parcela y en la necesidad de vincular frentes urbanos distintos.
Edificio República, en Buenos Aires, proyectado por Pelli con Mario Roberto Álvarez. Foto: Roberto Fiadone / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
La Torre BankBoston, de 2001, sumó otra presencia destacada en Catalinas Norte. Su perfil se incorpora a uno de los sectores porteños donde la arquitectura de oficinas adquirió mayor protagonismo. El conjunto de obras argentinas de Pelli permite observar la circulación de experiencias entre su práctica internacional y los encargos del país donde se había formado. Buenos Aires le ofreció un escenario con tradiciones arquitectónicas propias y con transformaciones urbanas de gran intensidad.
La torre conocida originalmente como BankBoston, en el sector de Catalinas Norte. Foto: Elsapucai / Wikimedia Commons, dominio público.
En Puerto Madero, la Torre YPF llevó su firma a otro de los paisajes emblemáticos de la capital. La documentación de la empresa constructora registra una altura de 160 metros y destaca el jardín incorporado en los niveles superiores. La vegetación dentro de una estructura de gran altura introduce una imagen singular y vuelve a poner en relación dos temas persistentes en su entorno de trabajo: el edificio corporativo y la presencia de la naturaleza.
Torre YPF, en Puerto Madero. El proyecto incorpora un jardín en altura dentro de su volumen vidriado. Foto: Martin Barland / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.
La huella argentina se extiende más allá de Buenos Aires. La Universidad Siglo 21 atribuye a Pelli el plan maestro de su campus de Córdoba, inaugurado en 2004 en un predio cercano al aeropuerto. El programa universitario planteaba una organización de espacios para estudiar, circular y encontrarse. La autoría del plan general debe distinguirse de los edificios incorporados después por otros arquitectos, como ocurre en muchos campus que crecen a través del tiempo.
En Mar del Plata, Maral Explanada trasladó su trabajo al paisaje de la costa. El conjunto de tres torres residenciales frente al mar, en el área de Playa Chica, propone otra relación entre altura y horizonte. Allí, las vistas, la orientación y la cercanía del océano definen condiciones diferentes de las que enfrenta una oficina en un centro financiero. La diversidad del programa vuelve a mostrar la amplitud de una carrera que trabajó sobre múltiples formas de habitar.
En el año de su centenario se sumó un capítulo especialmente significativo para el norte argentino. El Centro Cultural Lola Mora, en San Salvador de Jujuy, fue inaugurado el 2 de julio de 2026, según el registro oficial de la provincia. Su construcción había comenzado en 2022. El complejo reúne espacios de exposición y actividades culturales, educativas y de encuentro, con el propósito de preservar y difundir el legado de la escultora.
El proyecto había sido encargado en vida de Pelli y se concretó después de su muerte con la continuidad del trabajo del estudio y de los equipos participantes. La ficha del estudio describe un edificio de aproximadamente 3.000 metros cuadrados, concebido en relación con las yungas, la ciudad y las montañas. Una gran cubierta y superficies curvas de vidrio organizan el vínculo entre los espacios interiores, las esculturas y el entorno. La escala y el paisaje lo alejan de la imagen convencional del rascacielos.
La documentación del proyecto incluye estrategias vinculadas con energías renovables, aprovechamiento del agua y materiales locales. Esas decisiones expresan objetivos de diseño ambiental; la medición del funcionamiento real corresponde a una etapa posterior. La información provincial destaca, además, el uso de piedra de la región y la integración del edificio con el lugar. En este encuentro entre arquitectura y arte, dos trayectorias de proyección internacional vuelven a relacionarse con el norte argentino.
A lo largo de su carrera, Pelli recibió distinciones que permiten dimensionar el reconocimiento profesional alcanzado. En 1995 obtuvo la Medalla de Oro del Instituto Americano de Arquitectos, uno de los principales premios de la disciplina en Estados Unidos. En la Argentina, la Fundación Konex le otorgó el Konex de Brillante en Artes Visuales en 2012. Los reconocimientos acompañaron una producción extensa y una presencia sostenida en los ámbitos académico y profesional.
También dejó ideas por escrito. En 1999 publicó Observations for Young Architects, un libro dirigido a quienes empiezan a construir su pensamiento sobre la disciplina. El título resume una actitud: observar antes de dar por resuelto un problema. En una profesión atravesada por imágenes espectaculares, esa disposición conserva valor. Un edificio necesita comprender un programa, un sitio, una técnica y una comunidad de usuarios. La forma surge de una conversación entre esas condiciones y la imaginación de quienes proyectan.
Pelli murió el 19 de julio de 2019, a los 92 años. La oficina continuó su actividad y en 2021 adoptó el nombre Pelli Clarke & Partners. Esa continuidad hace necesario distinguir las obras que dirigió, las que se terminaron después de su fallecimiento y las nuevas producciones del equipo. Su legado incluye los edificios y también una organización profesional que reunió arquitectos, colaboradores y especialistas de distintas generaciones.
Recorrer sus obras permite proponer una lectura: la diversidad de formas convive con una atención persistente a la manera en que cada edificio ocupa un lugar. Las Petronas trabajan con referencias culturales de Malasia; Osaka convierte el acceso a un museo subterráneo en una presencia escultórica; el Winter Garden ofrece un interior de uso público; San Francisco superpone un parque y una terminal. Son respuestas diferentes a una pregunta que atraviesa la arquitectura: qué puede aportar una construcción a la vida que ocurre alrededor.
Para Tucumán, el centenario tiene una resonancia particular. Pelli fue un egresado de su universidad pública que alcanzó responsabilidades y encargos extraordinarios. Su trayectoria invita a valorar la formación, la curiosidad y la capacidad de trabajar con otros. También permite mirar hacia afuera sin perder la conciencia del punto de partida. Una provincia puede estar presente en el mundo a través de las personas que forma y de las ideas que esas personas ayudan a desarrollar.
A un siglo de su nacimiento, César Pelli permanece en las ciudades que transformó. En Kuala Lumpur, alguien reconoce las torres gemelas antes de conocer el nombre de su autor. En Nueva York, otro visitante se detiene bajo las palmeras. En Osaka, el arte espera debajo de una estructura que parece crecer hacia el cielo. Cada una de esas experiencias prolonga una historia que comenzó en San Miguel de Tucumán. La historia de un arquitecto que convirtió el conocimiento, el trabajo compartido y la imaginación en lugares que forman parte de la vida de millones de personas. /Contexto






